Heidegger decía que la filosofía está presente en la vida cotidiana, cuando hablamos de nosotros y los otros, de los objetos y nuestra historia. Luego Lacán insinúa que toda nuestra relación con la palabra es una relación que tiende a favorecer el dormir o el despertar a medias, casi empeñada en que no despertemos. En los dos hay una gran devoción por la palabra, pero también una gran sospecha: que el habla juega con nosotros, que somos hablados por el habla, y que a su vez sin embargo somos responsables de esto, resulta inevitable entonces preguntarnos qué hacemos con esto, porque no basta decir como creen algunos filósofos, que estamos atravesados por el lenguaje.
La palabra es el único medio para avanzar sobre la vida, sobre la propia existencia y sobre la realidad. La idea de que toda práctica, todo intento de transformar la realidad, están armados con palabras, y a la vez la sospecha sobre la palabra, es decir, la clara convicción de que eso tiene un límite y que la palabra puede ser justamente la vía para dormirnos o para llevarnos a una domesticación que excede lo disciplinario e introduce un control propio de los sistemas del saber-poder contemporáneos. La palabra puede ser la manera de encerrarnos y apresarnos en un campo de significaciones que ya no nos permita pensar nada nuevo.
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